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Política
La palabra "Política" proviene del vocablo griego polis
que, esencialmente, significa "ciudad" y, por extensión,
"asentamiento permanente de seres humanos".
La Historia nos relata que la estructura política de la
antigua Grecia se hallaba construída sobre la base de
pequeñas comunidades, altamente independientes y
virtualmente soberanas, nucleadas alrededor de los más
importantes centros urbanos. La urbe, es decir: la polis, se
convirtió así en la unidad orgánica esencial de las
comunidades aglutinadas a su alrededor. En consecuencia,
toda la actividad relacionada con la organización de esas
comunidades se refería principalmente a la polis misma. De
allí el nombre de política que se le dio a la ciencia,
estudio o tratado relacionado con la vida de la polis.
En ese ámbito de comunidades reducidas y en gran medida
independientes, la ciencia política no podía pasar de ser
una disciplina que analizaba (en forma más o menos
sistemática) las estructuras que regulaban la vida social de
la época. De hecho, para los griegos, Política, Ética y
Economía formaron parte de lo que llamaron la "filosofía
práctica".
Debe destacarse, sin embargo, que desde la óptica política
de los griegos de hace más de 2.000 años atrás, resultaba
igualmente válido basar la especulación política sobre
hechos abstractos que fundamentarla en hechos concretos. La
clásica disputa de Platón y Aristóteles es, probablemente,
el mejor ejemplo de ello.
Mientras que en la Politeia de Platón hallamos la
descripción de un Estado ideal, en la Política de
Aristóteles encontramos un riguroso sistema de datos
aportados por la observación, la comparación y la
investigación de la realidad. Así, Platón nos describe un
Estado hipotético, con sus artesanos, sus sabios y sus
guerreros; su ordenamiento eugenético y económico;
culminando el esquema en la figura de un "rey filósofo" que
representa probablemente uno de los imposibles políticos más
estupendos que jamás se hayan imaginado. Aristóteles, por el
contrario, nos habla de las distintas "formas" concretas del
Estado; de las distintas Constituciones vigentes en su época
y del proceso dinámico de cambio que ya se observaba en
aquellos tiempos, con regímenes políticos que oscilaban
entre monarquías, aristocracias y repúblicas, con sus
respectivas desviaciones patológicas de tiranías,
oligarquías y demagogias1.
De este modo, desde el mismo origen de nuestra cultura
venimos arrastrando dos enfoques sustancialmente distintos
de la Política. Uno de ellos, desde una óptica normativa,
pone énfasis en los objetivos de la polis; el otro, desde
una visión pragmática, se concentra prioritariamente en las
condiciones, las posibilidades y los límites impuestos a la
voluntad de organizar esa misma polis.
A este planteo dialéctico lo podemos rastrear en Occidente a
todo lo largo y ancho de la Historia de la Política. Tanto
en el relato histórico de los hechos políticos como en el
devenir de las tendencias, doctrinas o ideologías políticas,
siempre hallaremos, o bien cierta preminencia de la
especulación normativa, o bien un mayor énfasis pragmático.
Esta tensión, establecida entre los extremos virtualmente
opuestos de lo deseable por un lado y lo posible por el
otro, es quizás el factor principal que hace de la Política
algo dinámico, polémico, deliberativo y frecuentemente
controvertido.
Partiendo, pues, de la realidad y recordando, además, lo que
se expuso en relación al término polis, se puede apreciar
que podemos hablar de Política allí dónde se verifican -
como mínimo - dos fenómenos:
Un conjunto de seres humanos que conviven compartiendo el
mismo destino, y
Una determinada organización social en cuyo marco se toman
decisiones que afectan o pueden afectar al conjunto.
De modo que, ya desde una visión panorámica y general, se
hace claro que hallamos a la Política allí - y sólo allí -
en dónde hay una comunidad organizada de seres humanos. Sin
seres humanos no hay Política; como que tampoco la hay si no
existe al menos algún grado de organización social. Esto
puede parecer una verdad de Perogrullo, pero, sin embargo,
constituye el punto de referencia objetivo que muchas
ideologías han ignorado.
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