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Una Nueva Edad de Hielo
Los oceanógrafos prevén serios problemas con la Corriente
del Golfo, que es la que proporciona calor tanto a
Norteamérica como a Europa.
Con todo el alboroto que rodea a la nueva película de horror
ambiental “El Día Después de Mañana” (The Day After Tomorrow),
así como un frenesí de los medios intentando averiguar si
los acontecimientos retratados en la película podrían
suceder realmente de esa forma, hemos decidido publicar
nuevamente el artículos siguiente. Fue publicado en
setiembre de 2002 como un artículo de portada, y se
convirtió en uno de los números más vendidos. Era un
verdadero “tour de force”, un reporte racional, no emotivo,
realizado por Brad Lemley, que comunicaba las preocupaciones
de un número de científicos del Instituto Woods Hole en
Massachussetts acerca de que realmente podríamos estar
enfrentándonos a una nueva edad de hielo en el este de los
EE.UU. y en Europa, basados en el calentamiento global. Sin
embargo, esos científicos caracterizaron a esa edad de hielo
como un “mini” evento, que podría durar entre 300 a 400
años. Asimismo, lo consideran como similar a uno que la
humanidad ya sufrió y que finalizó hacia 1850. ¿Podría ésto
suceder en el corto plazo?. Sí. ¿Será el acontecimiento
devastador que se retrata en la película?. Ésto es sumamente
improbable, pero no imposible.
Los editores
William Cury es un científico de clima serio y sobrio, no un
crítico de arte. Pero ha pasado mucho tiempo examinando con
detenimiento la famosa pintura de Emanuel Gottlieb Leutze
“George Washington Cruzando el Delaware”, que muestra un
grupo de soldados coloniales norteamericanos en un bote, en
su camino a atacar las tropas inglesas el día siguiente a la
Navidad de 1776. “La mayor parte de las personas piensa que
algunos de ellos están remando, pero en realidad están
alejando el hielo”, dice Curry, golpeando con su dedo en una
reproducción del cuadro. De seguro, el remero del frente
está aporreando el río helado con su bota. “Crecí en
Filadelfia. El lugar mostrado en la pintura está a 30
minutos por automóvil. Se los puedo asegurar, este tipo de
cosas ya no sucede más”.
Pero podría volver a suceder. Pronto. Y las escenas llenas
de hielo, similares a esas inmortalizadas por el artista
flamenco del siglo XVI, Pieter Brueghel el Viejo, pueden
también regresar a Europa. Sus trabajos, que incluyen a la
pieza maestra de 1565 “Cazadores en la Nieve”, hacen que los
ahora templados paisajes europeos luzcan más como si fueran
parte de Laponia.
Unas condiciones tan frígidas fueron comunes durante un
período que se extendió aproximadamente de 1300 hasta 1850,
porque buena parte de América del Norte y de Europa sufría
las durezas de una pequeña edad de hielo. Y ahora hay una
creciente evidencia de que el frío podría regresar. Un
número cada vez mayor de científicos (que incluye a muchos
pertenecientes a la base de operaciones de Curry, el
Instituto Oceanográfico Woods Hole de Cabo Cod,
Massachussetts, cree que las condiciones están maduras para
otro enfriamiento prolongado, o sea una pequeña edad de
hielo. Mientras que nadie está previendo las brutales capas
de hielo que alguna vez cubrieron con glaciares al
hemisferio norte hace unos 12.000 años. el próximo período
frío podría hacer descender las temperaturas 3ºC sobre la
mayor parte de los EE.UU., y unos 6ºC en el noreste de
América del Norte, en el norte de Europa y en el norte de
Asia.
“Podría suceder en 10 años”, dice Terrence Joyce, quien
preside el Departamento de Oceanografía Física de Woods Hole.
“Una vez que comience, podría durar cientos de años antes de
comenzar a revertirse”. Y está alarmado porque los
estadounidenses todavía no han tomado seriamente la amenaza.
En una carta al Times de Nueva York en abril pasado,
escribió: “Recuerden los más fríos inviernos del Noreste,
como aquellos de 1936 y de 1978, y luego imaginen inviernos
sucesivos que sean aún más fríos, y entonces tendrán una
idea de cómo sería ésto”.
Una caída de 3 a 6 grados significa mucho más que
simplemente mover hacia arriba el termostato y continuar
como de costumbre. Tanto económica como ecológicamente, un
enfriamiento tan rápido y persistente podría tener
consecuencias devastadoras. Un reporte de 2002 titulado
“Cambio Climático Abrupto: Sorpresas Inevitables”, generado
por la Academia Nacional de Ciencias, calculó el costo de
las pérdidas agrícolas solamente entre 100.000 a 250.000
millones de dólares, a la vez que también predicen que el
daño a las ecologías sería vasto e incalculable. Un ejemplo
desalentador: bosques que desaparecen, aumento en los costos
hogareños, disminución de agua dulce, menor producción de
cultivos, y extinciones aceleradas de especies.
La razón para unos efectos tan enormes es simple. Un cambio
climático rápido causa más descalabro que uno lento. La
gente, los animales, las plantas, y las economías que
dependen de ellos son como ríos, dice el reporte. “Por
ejemplo, los altos niveles del agua en un río causarán pocos
problemas hasta que fluyan sobre los bancos, después de lo
cual pueden abrirse brechas y ocurrir inundaciones masivas.
Muchos procesos biológicos sufren cambios profundos en
umbrales particulares de temperatura y precipitación”.
Los cambios políticos ocurridos desde la última edad de
hielo podrían hacer que la supervivencia fuera más difícil
para los pobres del mundo. Durante los períodos anteriores
de frío, tribus enteras simplemente levantaban sus
campamentos y se mudaban al sur, pero esa opción no funciona
más en el tenso mundo moderno de fronteras cerradas. “En la
medida en que un cambio abrupto de clima pueda causar
cambios rápidos y extensos en la fortuna de aquellos que
viven de la tierra, la incapacidad para migrar puede
eliminar una de las mayores redes de seguridad para la gente
con problemas”, dice el reporte.
Sin embargo, la ciencia del clima es diabólicamente
compleja, y la arremetida de una pequeña edad de hielo no es
segura, por lo menos en esta etapa de la investigación. Los
científicos de todo el mundo están sopesando el potencial de
un rápido enfriamiento del Atlántico Norte, pero quizás
nadie en los EE.UU. tiene dirigido más equipo, energía y
poder mental hacia el problema que Woods Hole. Los
oceanógrafos de la plantilla subsisten principalmente con
becas gubernamentales y no dependen de ninguna corporación,
haciendo que la instalación sea “independiente como ninguna
otra”, dice David Gallo, directos de proyectos especiales.
En consecuencia, debería ser igual de probable que lograra
llegar a la verdad que cualquier otra universidad o lugar de
investigación.
La tarea es enorme. En los muelles, donde la institución
guarda sus tres barcos de investigación, las gaviotas se
lanzan en picada sobre una colección de marcos metálicos
masivos; son recolectores de muestras que, al hacerlos bajar
a los costados del barco, pueden extraer largas columnas de
sedimentos en capas del lodo submarino. En un taller
cercano, los técnicos manipulan conjuntos de muestrarios de
agua múltiples e independientes, los que con sus 1,20 metros
de largo y 0,20 metros de diámetros parecen tanques de buceo
gigantes. En el mar, los investigadores sumergen sus
instrumentos en el Atlántico Norte, con la esperanza de
conseguir una imagen más clara de las posibilidades de una
pequeña edad de hielo. Un sentido de urgencia impulsa sus
esfuerzos. “Tenemos que hacer que ésto sea una prioridad
nacional”, dice Joyce. “Es un hueso duro de roer, pero con
los datos suficientes, creo que podremos ser más específicos
y más confiables en las predicciones que hagamos sobre lo
que vendrán”. Los hacedores de políticas armados con una
predicción específica podrían realizar los ajustes
preparatorios de lo inevitable.
Pero lo primero es lo primero. ¿Realmente se está calentando
la Tierra?
Por supuesto que sí, dice Joyce. En su atestada oficina,
llena de la suave luz de una mañana neblinosa del Cabo Cod,
explica cómo ese calentamiento podría ser realmente el
sorprendente responsable de la próxima mini-edad de hielo.
La paradoja es el resultado de la aparición, a lo largo de
los últimos 30 años, de enormes ríos de agua dulce, el
equivalente a una capa de tres metros de espesor, que se
mezclan con el mar salado. Nadie sabe con certeza de dónde
vienen los torrentes dulces, pero un sospechoso principal es
el fundente hielo ártico, que a su vez es causado por la
acumulación de bióxido de carbono en la atmósfera que atrapa
la energía solar.
Esta tendencia del agua dulce es una importantísima noticia
en los círculos de la ciencia oceánica. Bob Dickson, un
oceanógrafo británico que hizo sonar la alarma en una
conferencia en Honolulu en febrero, ha declarado que la
caída de la salinidad y de la temperatura en el Mar del
Labrador, un cuerpo de agua que se encuentra entre el
noreste de Canadá y Groenlandia y que se une al Atlántico,
como “el que probablemente muestre los más profundos cambios
observados en los registros del moderno instrumental
oceanográfico”.
La tendencia podría causar una pequeña edad de hielo al
subvertir la penetración boreal de las aguas de la Corriente
del Golfo. Normalmente, esta corriente, cargada con el calor
recogido en los trópicos, recorre sinuosamente las costas
orientales de los EE.UU. y del Canadá. Mientras fluye en
dirección al norte, la corriente entrega calor al aire. Como
los vientos principales de América del Norte soplan hacia el
este, mucho de este calor es desplazado por el aire hacia
Europa. Por éso, muchos científicos creen que las
temperaturas invernales sobre el continente son hasta 18ºC
más cálidas que las de América del Norte en la misma
latitud. La frígida Boston, por ejemplo, se encuentra casi
precisamente en la misma latitud que la cálida Roma. Y
algunos científicos dicen que el calor también entibia a los
estadounidenses y a los canadienses. “Es un verdadero error
pensar en ésto como un fenómeno europeo únicamente”, dice
Joyce.
Habiendo entregado su calor al aire, el agua ahora fría se
hace más densa y se hunde en el Atlántico del Norte por más
de un kilómetro y medio en un proceso al que los
oceanógrafos llaman circulación termohalina. Esta columna
masiva de frío que cae en una cascada es el motor principal
que potencia a una corriente de agua profunda llamada Gran
Convector Oceánico que recorre todos los océanos del mundo.
Pero a medida que el Atlántico del Norte se llena de agua
dulce, se hace menos denso, haciendo que las aguas llevadas
hacia el norte por la Corriente del Golfo sean menos capaces
de hundirse. La nueva masa de agua relativamente dulce se
queda en la superficie del océano como una gran manta
térmica, amenazando la circulación termohalina. Éso, a su
vez, podría hacer que la Corriente del Golfo se enlenteciera
o que virara hacia el sur. En algún punto, todo el sistema
se detendría simplemente, y lo haría rápidamente. “Existe
evidencia creciente de que nos estamos acercando a un punto
de transición, del cual saltaremos a un nuevo estado.
Pequeños cambios, tales como un par de años de fuertes
precipitaciones o un deshielo en latitudes altas, podrían
generar una respuesta enorme”, dice Joyce.
En su soleada oficina al fondo del pasillo, la oceanógrafa
Ruth Curry muestra cuán extensos han sido los cambios ya
ocurridos. “Mire ésto”, dice, apuntando a unos mapas sobre
su mesa. “El naranja y el amarillo significan más cálido y
más salado. Verde y azul significan más frío y más dulce”.
El conjunto de cuatro mapas muestra al Atlántico Norte
durante cada década desde 1960. Con cada mapa subsecuente,
el verde y el azul se extienden más; aún para el ojo no
entrenado, allí hay algo que está mal. “No sucede solamente
en el Mar del Labrador”, dice. “Esta área que se está
volviendo más fría y menos salada está invadiendo ahora las
aguas profundas de todo el Atlántico sub-tropical”.
“Tenemos toda esta enorme cantidad de agua dulce en las
latitudes altas, y tomará literalmente cientos de años para
deshacerse de ella”, dice Joyce. De modo que mientras el
planeta como tal se va calentando a razón de una fracción de
un grado centígrado anualmente, la región del Atlántico
Norte podría, en una década, enfriarse unos cinco grados
centígrados. Lo que preocupa de los investigadores de Woods
Hole es que la historia parecería decantarse hacía un rápido
corte. Saben que ha sucedido antes.
Al noroeste del campus Quissett de Woods Hole, en un oscuro
laboratorio que huele a marea baja, descansan sobre unos
estantes de alambre, unos 24.000 tubos de policarbonato
llenos de un lodo verduzco, tan cuidadosamente catalogados
como si fueran vinos finos. Son muestras recogidas de los
lechos marinos, muchas de ellas obtenidas durantes las
expediciones del Knorr, uno de los tres más grandes barcos
de investigación de Woods Hole. Cada muestra cuenta una
historia sobre el tiempo y la temperatura que abarca miles
de años.
Pero una de ellos en particular, que se guarda
cuidadosamente refrigerado a 4ºC, resultó crucial para
llegar a la conclusión que las pequeñas edades de hielo
pueden comenzar abruptamente. El barco canadiense CSS Hudson
recogió la muestra en 1989 en una meseta submarina llamada
Elevación Bermuda al norte del Mar de los Sargazos,
aproximadamente a unos 350 kilómetros de Bermuda. “Es un
lugar peculiar del lecho marino donde el lodo se acumula
rápidamente”, dice Lloyd Keigwin, un científico principal
del Departamento de Geología y Geofísica de Woods Hole. La
mayor parte del sedimento fue arrastrado por los ríos
canadienses antes de aposentarse, de modo que lleva consigo
las variaciones del clima en el Atlántico Norte.
Los sedimentos marinos están salpicados de diminutos
invertebrados llamados foraminíferos, a los cuales Keigwin
describe como “amebas con caparazón”, y que pueden
proporcionar claves sobre la temperatura del océano en que
vivieron. La arcilla y el lodo de la región de Nueva Escocia
hacen que las pequeñas criaturas se acumulen en capas
claramente distinguibles, lo que significa un tesoro de
información.
Keigwin sometió a los foraminíferos de diferentes capas de
este núcleo al análisis por espectroscopia de masa. Al medir
las proporciones de los isótopos de oxígeno (especialmente
los del oxígeno 16, 17 y 18) pudo determinar la temperatura
en la que los diminutos animales formaron sus caparazones de
carbonato, con una precisión de menos de 0,5ºC. Unió ésto a
la datación por carbono para fijar la edad de cada capa de
sedimento.
Keigwin había esperado encontrar evidencia de los cambios
climáticos durante los últimos miles de años. Pero en el
caso de la muestra “premio” del CSS Hudson, que fue obtenida
con un taladro mucho más preciso que cualquiera de los que
los oceanógrafos habían utilizado anteriormente, descubrió
gran cantidad de datos sobre abruptos cambios de temperatura
durantes los últimos mil años, incluyendo a una pequeña edad
de hielo que en promedio era unos 2ºC aproximadamente más
fría que la presente. “Y como el Mar de los Sargazos tiene
una mezcla bastante buena, el enfriamiento tiene que haber
estado largamente extendido”, dice Keigwin. Lo que resulta
más inquietante es que “encontré evidencia de que los ciclos
climáticos continúan hasta el día de hoy”.
Claramente, la pequeña edad de hielo de 1350 a 1800 no fue
disparada por los humanos lanzando a la atmósfera gases de
invernadero. Pero es posible que los ciclos climáticos que
licuaron el hielo ártico puedan haber causado la detención
súbita de la circulación termohalina. “Estamos casi seguros
de que ésta fue la causa de la pequeña edad de hielo”, dice
Ruth Curry, “aunque necesitaríamos una máquina del tiempo
para asegurarnos totalmente”.
“Comprendí que esto sería como una bomba, pero arriesgué mi
cuello”, dice Keigwin, quien publicó inicialmente sus
descubrimientos en 1996. Desde entonces, algunas locaciones
similares de alto sedimento han impulsado sus primeras
conclusiones. “Según están las cosas ahora, hay
probablemente por lo menos 10 lugares en el Atlántico Norte
que pueden ofrecer una muy buena evidencia el enfriamiento
de una mini-edad de hielo”, dice.
Un acontecimiento más reciente es quizás una evidencia mejor
de que el clima puede enfriarse rápidamente a causa de la
detención de la circulación termohalina. A fines de la
década de 1960, una enorme burbuja de agua dulce apareció
frente a la costa este de Groenlandia, probablemente como
resultado de una gran descarga de hielo en el Atlántico
Norte en 1967. Conocida como la Gran Anomalía Salina, derivó
hacia el sur, y se ubicó en el Atlántico Norte en la década
de 1970. Allí, interfirió con la circulación termohalina al
obstaculizar rápidamente la formación de agua profunda en el
Mar del Labrador. Continuó derivando alrededor del Atlántico
Norte en una dirección anti-horaria, re-entrando al Mar de
Noruega a fines de la década de 1970, y desvaneciéndose poco
después.
“Creo que apagó el sistema por apenas unos pocos años. El
resultado fueron inviernos fríos, particularmente en
Europa”, dice Ruth Curry.
Afortunadamente, esa masa de agua menos salada era lo
suficientemente pequeña como para dispersarse en poco
tiempo. La que se está acumulando allí ahora, sin embargo,
“es simplemente demasiado grande”, dice Joyce.
La ciencia del clima es extraordinariamente compleja porque
depende de la recolección e interpretación de millones de
datos puntuales. Si el Servicio Meteorológico Nacional tiene
problemas para predecir el tiempo de mañana, ¿cómo puede
nadie predecir un cambio climático global con algunos años
de anticipación?. Una respuesta sería tener aún más datos. A
la fecha, existen unos 450 sensores flotantes a lo largo y
ancho del Atlántico monitoreando los cambios de temperatura
y salinidad, pero no es suficiente, dice Ruth Curry. “El
modelo no tiene todavía una resolución suficiente como para
comprender toda la física. La predicción es muy difícil”.
O quizás sea que los investigadores de Woods Hole estén
confiando en un modelo con fallas. Ésa es la opinión de
Richard Seager, un científico climatológico del Observatorio
de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia.
En un artículo titulado “¿Es la Corriente del Golfo
Responsable por los Suaves Inviernos Europeos?, que será
publicado este año en la Revista Trimestral de la Sociedad
Meteorológica Real, arroja dudas sobre la noción de que el
calor transportado por la Corriente del Golfo tenga un
impacto significativo en cualquiera de los dos continentes.
Europa podría ser más cálida, dice, “aún si el Atlántico
fuera apenas un gran océano estancado”, ya que los vientos
occidentales prevalecientes soplarían todavía el calor
guardado en el verano por el Atlántico, hacia Europa en el
invierno. El calor transportado por la Corriente del Golfo,
dice, responde solamente por un 10% del calor de Inglaterra
relativo a los EE.UU..
En la visión de Seager, un prolongado calentamiento invernal
es más probable que una pequeña edad de hielo. “El gorila de
500 kgs. del este de Norteamérica y de Europa es la
Oscilación del Atlántico del Norte”, dice. Esta última es
una variación compleja y poco entendida en la fuerza de las
células de presión de aire sobre Islandia y las Azores.
Cuando la presión sobre Islandia es alta, la de las Azores
tiende a ser baja, y viceversa. Durante el invierno, un
mínimo más bajo que el mínimo común sobre Islandia y un
máximo más alto que el común sobre las Azores fuerza aire
frío hacia el Canadá oriental y aire húmedo y cálido hacia
el noroeste de Europa y hacia el este de los EE.UU..
Éso fue precisamente lo que sucedió desde 1960 hasta fines
de la década de 1990, dice Seager, que dio lugar a los
inviernos suaves en las regiones altamente pobladas a ambos
lados del Atlántico. “Si esta fase continúa, como algunos
modelos predicen que ocurrirá como resultado del aumento de
los gases de invernadero, ésto podría hacer que los cambios
en el clima invernal persistan durante los próximos años”,
dice.
El punto de vista de Seager es minoritario. En otros
modelos, y en la ciencia del clima se está dando últimamente
una batalla de diferentes modelos computacionales, la
Corriente del Golfo es la principal fuente de calor para las
tierras que bordean el Atlántico Norte. Según Ruth Curry, la
ciencia que mantienen es más que suficiente como para
asegurar un pensamiento hacia el futuro.
“No podemos saber el punto en el cual el apagón termohalino
podría comenzar realmente”, dice. Pero deberíamos tener un
plan para esa contingencia”.
Una Fría Brutalidad
Si llegara una pequeña edad de hielo, su impacto se mediría
en sufrimiento humano, y no en terminología científica. El
libro “La Pequeña Edad de Hielo” (Basic Books, 2000), del
profesor de antropología Brian Fagan de la Universidad de
California en Santa Bárbara, está repleto de historias
tristes que muestran la grave situación de los campesinos
europeos durante los fríos de 1300 a 1850: hambrunas,
hipotermia, disturbios por el pan, y el surgimiento de
líderes despóticos que brutalizaban a un campesinado
crecientemente descorazonado. A fines del siglo XVII,
escribe Fagan, la agricultura había caído tan dramáticamente
que “los villanos alpinos vivían del pan hecho con cáscaras
de nuez molidas mezcladas con harina de centeno y avena”.
Finlandia perdió quizás un tercio de su población a causa
del hambre y de la enfermedad.
La vida fue particularmente difícil para aquellos que vivían
bajo la constante amenaza del avance de los glaciares en los
Alpes franceses. De uno de ellos, el glaciar Des Bois en las
laderas del Mont Blanc, se decía que se había adelantado
“más de un tiro de mosquete al día, aún en el mes de
agosto”. Cuando el Des Bois amenazó con represar al río Arve
en 1644, los residentes del pueblo de Chamonix rogaron al
obispo de Ginebra que pidiera ayuda a dios. A principios de
junio, el obispo, junto a unos 300 villanos que se habían
reunido a su alrededor, bendijo al amenazante glaciar y a
otro cerca de la Villa de Largenti’re. Por un tiempo,
pareció que la salvación estaba al alcance de la mano. Los
glaciares retrocedieron por unos 20 años, hasta 1663. Pero
habían dejado tan áridas a las tierras que no crecían los
nuevos cultivos
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