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Tierras recién nacidas
Si astrónomos alienígenas alrededor de una estrella
lejana hubiesen estudiado el joven Sol hace unos 4 mil
millones de años, ¿podrían haber visto señales de una
Tierra recién formada orbitando a esta insignificante
estrella amarilla? La respuesta es sí, según lo que dice
Scott Kenyon (Observatorio Astrofísico Smithsoniano) y
Benjamin Bromley (Universidad de Utah). Más aún, su
modelo por ordenador dice que podemos usar estas mismas
señales para localizar lugares en donde se estén
formando jóvenes planetas del tamaño de la Tierra que,
un día, puedan albergar vida.
La clave para localizar Tierras recién nacidas, dicen
Kenyon y Bromley, es buscar no al planeta mismo, sino un
anillo de polvo orbitando a la estrella que es una
huella de la formación de un planeta terrestre (rocoso).
"Las posibilidades son: si hay un anillo de polvo, hay
un planeta", dice Kenyon.
Los buenos planetas son difíciles de encontrar
Nuestro sistema solar se formó a partir de un disco
giratorio de gas y polvo, denominado disco
protoplanetario, que orbitaba alrededor del joven Sol.
Los mismos materiales se encuentran en toda la galaxia,
así que las leyes físicas predicen que en otros sistemas
estelares se formarán de un modo similar.
Aunque los planetas pueden ser muy comunes, son
difíciles de detectar porque son demasiado débiles y
están muy cerca de una estrella mucho más brillante. Por
esto, los astrónomos buscan planetas buscando evidencias
indirectas de su existencia. En los sistemas planetarios
jóvenes, esa evidencia puede presentarse en el mismo
disco, y en como el planeta afecta al disco de polvo del
cual se forma.
Los grandes planetas, del tamaño de Júpiter, poseen una
gravedad fuerte. Esa gravedad afecta de manera
importante al anillo de polvo. Un simple Júpiter puede
formar un agujero en forma de anillo en el disco,
distorsionar el disco o crear bandas concentradas de
polvo que dejan un diseño en el disco como la estela de
un barco. La presencia de un planeta gigante puede
explicar el diseño de estela visto en el disco alrededor
de la estrella Vega de unos 350 millones de años.
Los mundos pequeños, del tamaño de la Tierra, sin
embargo, poseen una gravedad más débil. Alteran el disco
menos, dejando señales más sutiles de su presencia.
Mucho mejor que buscar distorsiones o estelas, Kenyon y
Bromley recomiendan mirar como se ve el brillo del
sistema estelar en las longitudes de onda de la luz
infrarroja (IR), (la luz infrarroja, que percibimos como
calor, es luz con longitudes de onda más largas y menos
energía que la luz visible).
Las estrellas con discos de polvo son más brillantes en
IR que las estrellas sin disco. Cuanto más polvo tiene
un sistema estelar, más brillante es en el IR. Kenyon y
Bromley han mostrado que los astrónomos pueden usar las
luminosidades en el IR no sólo para detectar un disco,
sino también para decir cuando se está formando un
planeta tipo Tierra en ese disco.
"Fuimos los primeros en calcular los niveles esperados
de producción de polvo y exceso de infrarrojo asociado,
y los primeros en demostrar que la formación de planetas
terrestres produce cantidades observables de polvo",
dice Bromley.
Construyendo planetas de arriba abajo
La teoría que tiene más prevalencia sobre la formación
de los planetas exige que los planetas se construyan "de
arriba abajo". De acuerdo con la teoría de la
coagulación, pequeños fragmentos de material rocoso en
un disco protoplanetario colisionan y se amalgaman.
Durante miles de años, pequeños acúmulos crecen hasta
convertirse en acúmulos cada vez más grandes, como si se
construyera un muñeco de nieve con un puñado de nieve de
cada vez. Finalmente, los acúmulos rocosos son tan
grandes que se convierten en planetas hechos y derechos.
Kenyon y Bromley realizaron un modelo del proceso de
formación de planetas usando un complejo programa
informático. "Sembraron" un disco protoplanetario con
mil millones de planetésimos de 1 km de tamaño, todos
orbitando alrededor de una estrella central, e hicieron
avanzar paso a paso el sistema para ver como los
planetas evolucionan desde esos ingredientes básicos.
"Hemos hecho la simulación tan realista como pudimos y
completado los cálculos en un tiempo razonable", dice
Bromley.
Encontraron que el proceso de formación de planetas es
muy eficiente. Inicialmente, las colisiones entre los
planetésimos ocurren a baja velocidad, así que
colisionan objetos que tienden a fusionarse y crecer. A
una distancia Tierra-Sol típica, un objeto de 1 km tarda
sólo unos 1000 años en crecer hasta 100 km. Otros 10.000
años producen protoplanetas de casi 1000 km de diámetro,
los cuales crecen en 10.000 años más hasta protoplanetas
de casi 2000 km de diámetro. Así, objetos del tamaño de
la Luna pueden formarse en tan poco tiempo como 20.000
años.
A medida que los planetésimos en el disco se hacen más
grandes y masivos, su gravedad se hace más fuerte. Una
vez que algunos objetos alcanzan un tamaño de unos 1000
km, empiezan a "atraer la atención" del resto de objetos
más pequeños. La gravedad atrae a los acúmulos de roca
del tamaño de asteroides, más pequeños, a velocidades
cada vez más altas. Van tan rápido que cuando
colisionan, no se fusionan sino que se pulverizan,
esmagándose violentamente entre si. Mientras los
protoplanetas más grandes continúan creciendo, el resto
de los planetésimos se convierten mutuamente en polvo.
"El polvo se forma allí donde el planeta se está
formando, a la misma distancia de su estrella", dice
Kenyon. Como resultado, la temperatura del polvo indica
dónde se está formando el planeta. El polvo en una
órbita como la de Venus será más caliente que en una
como la de la Tierra, dando una pista sobre la distancia
del planeta recién nacido a su estrella.
El tamaño de los objetos más grandes en el disco
determina la tasa de producción de polvo. La cantidad de
polvo es máxima cuando se han formado los protoplanetas
de 1000 km.
"El Telescopio Espacial Spitzer debería poder detectar
estos máximos de polvo", dice Bromley.
En la actualidad, el modelo de formación de planetas de
Kenyon y Bromley cubre sólo una fracción del sistema
solar, desde la órbita de Venus hasta una distancia a
mitad de camino entre la Tierra y Marte. En el futuro,
planean extender el modelo para abarcar órbitas tan
cercanas al Sol como la de Mercurio y tan lejanas como
la de Marte.
También han realizado un modelo para la formación del
cinturón de Kuiper, una región de objetos pequeños,
helados y rocosos más allá de la órbita de Neptuno. El
siguiente paso lógico es realizar un modelo de la
formación de gigantes gaseosos como Júpiter y Saturno.
"Empezamos en los límites del sistema solar y trabajamos
hacia dentro", dice Kenyon con una sonrisa. "Estamos
trabajando también en la dirección del aumento de masa.
La Tierra es 1000 veces más masiva que un objeto de
Kuiper y Júpiter es 1000 veces más masivo que la
Tierra".
"Nuestro objetivo final es realizar en modelo y entender
la formación de todo nuestro sistema solar". Kenyon
estima que su objetivo es alcanzable en una década, si
la velocidad de computación continúa aumentando,
permitiendo la simulación de todo el sistema solar.
Fuente
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