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ENRIQUE SANTOS DISCEPOLO
La década del treinta ha pasado a la
verdadera historia de los argentinos con la denominación
de "década infame", calificación proveniente de un libro
así titulado cuyo autor fue un periodista y luchador
nacionalista llamado José Luis Torres.
Vanamente, en los últimos años, algunos ensayistas
conservadores han pretendido reivindicar ese período.
Así, Azaretto y Aguinaba en "Ni década ni infame",
Rosendo Fraga en las biografías del General Justo y del
Dr. Julio A. Roca (hijo) y el mismo Azaretto en una
biografía sobre Federico Pinedo. La lectura detenida y
crítica refuerza aún más la tesis de que esos años
ofrecen un panorama lamentable y de desolación
espiritual, entrega económica del país, deterioro
económico-social del pueblo y sumisión internacional.
Basta recordar algunos hechos trascendentes: la
estadística de suicidios, para 1932, alcanza en la
ciudad de Buenos Aires, a casi dos personas por día, la
tuberculosis, que por desnutrición, hace estragos, los
índices de delincuencia y mendicidad son altísimos, el
vicepresidente del Gral. Justo, Dr. Roca (h), así como
más tarde, el presidente Dr. Roberto Ortiz admiten
públicamente, sin pudor alguno, que la Argentina -por su
economía- forma parte del imperio Británico. Asimismo,
las medidas de reestructuración económica configuran
verdaderas estafas al patrimonio y al destino nacional:
el convenio Roca-Runciman, la creación del Banco Central
mixto, la escandalosa renovación de las concesiones
eléctricas, la Coordinación de Transportes, los
convenios petroleros. En el orden institucional, lo
común fue el fraude y hasta su intento de legitimarlo
como "patriótico".
Sin embargo, a pesar de estos perfiles tan nítidos, la
literatura ha recogido sólo excepcionalmente los
aconteceres y la atmósfera espiritual de esa época:
"Camas desde un peso", de Enrique González Tuñón,
"Tumulto" de José Portogalo, buena parte de la obra de
Arlt y no mucho más. Cualquier lector desprevenidos que
pretendiese formarse una idea de los años treinta,
revisando la colección de la revista "Sur" o las
principales obras de Borges, Bioy Casares, Victoria
Ocampo, etc. vería frustrado su intento.
No se trata, por supuesto, de una cuestión de azar, sino
que la clase dominante ha mantenido un férreo control
sobre la intelectualidad, dominándola a través de una
red opresiva de premios, fama periodística, cátedras y
academias, para unificar su discurso en favor del orden
constituido e impedir denuncias, testimonios y juicios
contestatarios. Ya se a dicho hace mucho tiempo: "Las
ideas dominantes en una sociedad son las ideas de la
clase dominante". De modo tal que la verdad se
atrinchera en la pluma de muy pocos escritores, aquéllos
alejados del prestigio y la gloriola oficiales.
Tal cosa ocurre con Enrique Santos Discépolo. Desde el
mundo del tango -ajeno al ministerio de Educación y la
Secretaría de Cultura, ajeno a los suplementos
dominicales de "La Prensa" y "La Nación", desinteresado
por los premios municipales, las cátedras y las
academias- este poeta singular radio-grafió, de una
manera implacable, la vida argentina de los años
treinta. En sus canciones se halla el testimonio desnudo
y total de una época de infamia, en sus versos de todo
aquello que omiten los versos de los poetas consagrados
por el sistema.
Discépolo -nacido el 27 de marzo de 1901 en el Barrio de
Once de la ciudad de Buenos Aires- se constituye en ese
gran fiscal de la Década Infame por dos razones: porque
vuelca en el poema sus sentimientos auténticos, sin
importarles si ellos serán recibidos favorablemente por
los diarios o la radiotelefonía o los profesores del
sistema dominante y además, porque posee una
sensibilidad social tremenda, un profundo sentimiento de
solidaridad con los sectores populares que le permite
comprenderlos y expresarlos. Discépolo denuncia una
crisis sin precedentes, pero no lo hace escribiendo
"para el pueblo", "por el pueblo": él escribe "desde el
pueblo". Es el pueblo mismo, traicionado en las urnas,
vendido en los convenios internacionales, apaleado y
torturado, humillado por la minoría oligárquica y el
interés extranjero, a través del poeta, el que viene a
decir su palabra cuando la intelectualidad calla, cuando
los políticos mienten, cuando los académicos se hacen
los distraídos.
Así, nos testimonia la desocupación: "Cuando rajés los
tamangos buscando ese mango que te haga morfar" y la
miseria: "Cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer
secándose al sol... y los que estén a tu lado, se
prueben la ropa que vas a dejar" (Yira Yira, 1930).
Así, lleva a la canción la siniestra estadística de
suicidios: "No doy un paso más, alma otaria que hay en
mi / me siento destrozado murámonos aquí: / Pa' qué
seguir así, padeciendo a lo fakir / si el mundo sigue
igual... si el Sol vuelve a salir...Cachá el bufoso y
chau / Vamo a dormir" (Tres esperanzas (1932/33)
Del mismo modo desgarrador nos habla de la frustración
de tantos hombres y mujeres argentinos: "Por un pan
cambiaste, como yo / tus ambiciones de honradez... Me
levanté pa' que vieras como estoy / yo que pensaba ser
un rey... Quien más... quien menos...pa' mal comer /
somos la mueca de lo que soñamos ser" (Quien más quien
menos - 1934).
Asimismo, la crisis de todos los valores, el
descreimiento, y el escepticismo que embargan a los
hombres de esta tierra hundidos en esa atmósfera de
humillación, son expresados por Discépolo:
"Y en medio del caos que horroriza y espanta / la paz
está en yanta y el peso ha bajao" (Que pasa, señor
-1931).
El desconcierto y la confusión ante el quiebre del viejo
orden y sus mitos aparecen también al desnudo: "Qué sapa
señor... que es todo demencia / los chicos ya nacen por
correspondencia / y asoman del sobre sabiendo afanar...
ya nadie comprende si hay que ir al colegio / O habrá
que cerrarlos para mejorar!"(Que sapa señor -1931); "Qué
el siglo veinte / es un despliegue de maldad insolente /
ya no hay quien lo niegue / Vivimos revolcaos en un
merengue / y en un mismo lodo todos manoseados... No hay
aplazaos, ni escalafón / los inmortales nos han igualado
/ ... Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón...
Es lo mismo el que labura / todo el día como un buey /
que el que vive de los otros / que el que mata, que el
que cura / o está fuera de la ley" (Cambalache -1935).
En el testimonio implacable de Discépolo, algunos han
pretendido encontrar escepticismo y resignación. Sin
embargo, su obra total como así también su compromiso
político con el peronismo en 1951,señalan que se trata
de un testimonio, a modo de alerta, una convocatoria a
observar la realidad siniestra para decidirse a
transformarla.
En este sentido, el antagonismo que formula entre el
lírico, "el gilito enbanderado", el que quiere "arreglar
al mundo" y la mujer que a través de Qué Vachaché le
reclama "dame puchero, guardate la decencia", muestra a
las claras la alternativa que ofrece, que no es por
supuesto "plata, plata y plata", sino ahondar en la
solidaridad, el idealismo y la utopía. Del mismo modo,
el personaje de Soy un arlequín o los amigos de Cafetín
de Buenos Aires.
Que son los mismos que alientan mis horas: José el de la
Quimera, Marcial que aún cree y espera y el flaco Abel
que se nos fue pero aún me guía". De idéntica manera, la
conducta de Discépolo privilegiando siempre la amistad,
la solidaridad, la generosidad, así como su estrecho
vínculo con lo popular, desde el anarquismo juvenil
hasta convertirse en portavoz de los trabajadores en los
50 ratifican su posición cuestionadora y hacia el
progreso social.
Sin duda, los tangos de Discépolo son tristes,
angustiantes, desgarradores. Pero, como él decía: "Yo no
inventé la pobreza... La expreso, solamente".
Su insólita sensibilidad social lo conduce a expresar al
pueblo en momentos de profunda desazón, de
inconmensurable tristeza, de frustración profunda.
"Yo honradamente no he vivido las letras de todas mis
canciones porque eso sería materialmente imposible,
inhumano. Pero las he sentido, todas, eso sí. Me he
metido en la piel de otros y las he sentido en la sangre
y en la carne. Brutalmente. Dolorosamente. Dicen por ahí
que soy un hipersensible y aunque la palabrita no me
gusta, algo debe de haber porque vivo los problemas
ajenos con una intensidad martirizante.
Pero ningún crítico puede dejar de advertir que
Discépolo abandona sus tangos tristes no bien el pueblo
se embarca en la esperanza del peronismo. A partir de
ese momento, vuelca enormes energías en el
cinematógrafo, en el teatro y el gremialismo en SADAIC.
Ya no habla de frustración ni miseria sino que
interpreta a "El hincha" o encarna a Blum, donde señala
la impotencia del dinero cuando el amor se halla en
juego. Y hacia 1951, aquel que había expresado al pueblo
en su época de dolor y humillación, sale a la palestra
política para expresarlo también en su época de avance y
de esperanza.
Recuerda entonces el ayer, cuando "yo era un hombre
entristecido por los otros hombres" y vuelve sus ojos al
hoy "cuando me levanta en vilo el entusiasmo de los
otros, mi propio entusiasmo y me pongo a gritar" porque
"es lindo gritar cuando el grito que es una profesión de
fe... porque es lindo perder la línea y entrar en la
noche a saltos por una convicción".
En esa época, sus charlas alcanzan gran repercusión y le
provocan odios y rencores en el sector antiperonista del
mundo del espectáculo. Su vocecita chillona, noche a
noche, sostiene verdades que no pueden resistir aquellos
dominados por los mitos del viejo país: " Antes no había
nada de nada, ni dinero, ni indemnizaciones, ni amparo a
la vejez... y vos no decías ni medio, vos no protestabas
nunca, vos te conformabas con una vida de araña. Ahora
ganás bien, están protegidos vos y tus hijos y tus
padres. Sí, pero tenés razón, ¡no hay queso!... Vos, el
mismo que estás preocupado porque no podés tomar te de
Ceylán... ¡Y durante toda tu vida tomaste mate. No! No!
A mí no me la vas a contar!...
... Vos siempre viviste sin la angustia del peso que
falta y nunca llegaba hasta tu mundo el rumor doloroso
de las muchedumbres explotadas. Entendés, Mordisquito?
No. A mí, no me la vas a contar".
La misma sensibilidad que llevó a Discépolo a
radiografiar en sus tangos aquella Década Infame es la
que lo lleva en los años cincuenta a las charlas de
"Pienso y digo lo que pienso" donde crea su personaje
Mordisquito que lo identificará luego. Una permanente
conducta del intelectual comprometido con el pueblo, un
mismo sentimiento de solidaridad social, un idéntico
afán de cambio, la misma esperanza en un mundo mejor.
Homero Manzi resumió la personalidad del poeta en un
solo verso de su poema Discepolín:
"Te duele como propia la cicatriz ajena..." |