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La Familia en la Roma Antigua
Muchas anécdotas relatadas con complacencia por los
historiadores insisten en el carácter sagrado de la familia:
el padre tiene en sus manos toda la autoridad y durante su
vida entera conserva sobre sus hijos el derecho de vida y
muerte. Puede, según su voluntad, repudiar a su mujer, e
incluso, después del veredicto de un tribunal familiar,
hacerla matar. Absuelto por los jueces públicos, todo joven
debe contar también con la sentencia de su propio padre, que
a veces es más severa. El ejemplo más famoso de este tipo de
crueldad paterna es la del cónsul Bruto, liberador de Roma,
cuyos hijos habían conspirado contra la República
establecida hacía poco tiempo. El cónsul presenció el
castigo, el mismo infligido a todos los conspiradores, es
decir, muerte a golpes de palos para terminar a hachazos.
Sin embargo, una severidad tan extrema es excepcional. En la
práctica, la disciplina familiar no tiene otro efecto más
que el de vigilar la deferencia de los jóvenes hacia sus
mayores. Y las muestras de respeto no faltan. En el Senado
se observa una estricta prelación de edades. El magistrado
más antiguo en el rango más elevado da su opinión antes que
nadie, con la cual, en general, los demás están de acuerdo.
En este aspecto, Roma aparece a veces como una
gerontocracia.
Dentro de la casa familiar, la mujer -a quien la ley
considera durante toda su existencia como un ser menor que
pasa del poder paterno al poder marital, y luego, si queda
viuda, al de su hijo mayor- debe vivir una vida de
abnegación, de obediencia y de trabajo. Pero la mujer libre
no esta obligada a cualquier tipo de quehacer. Las tareas
serviles son cumplidas por las sirvientas. El ama de casa
hila y teje. Esto era una especie de convención en uso que
la leyenda remontaba al rapto de las sabinas.
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