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Alimentación en el Mar en los siglos del descubrimiento
Los viajes y los descubrimientos que caracterizaron la
revolución de las especias tuvieron éxito, no gracias a la
alimentación de las tripulaciones y de los conquistadores
que los realizaron, sino a pesar de ella. Durante toda esta
época, el sentimiento general era de que un capitán sólo
podía retener a sus fuerzas si las alimentaba y les daba de
beber en forma continua, y por supuesto, lo que se les
proporcionase tenía que ser lo mismo que hubiesen tomado en
Europa. La verdad es que la alimentación de los tripulantes
y de las guarniciones en aquellos climas calurosos, vista
desde la perspectiva de nuestros días, era la menos adecuada
que pudiera pensarse.
Por ejemplo, todas las provisiones de carne estaban saladas,
pues de otra forma no se hubiesen conservado bien en un
clima cálido, y a menos de que se les diese un tratamiento
especial para quitarles la sal antes de consumirlas,
provocaban mucha sed. Sin embargo, ya en tiempos de Cromwell,
se estipuló que los marineros de la armada británica tenían
que recibir diariamente dos libras de carne de vacuno o de
cerdo saladas, o en su lugar libra y media de pescado. La
carne normalmente estaba en proceso de descomposición, si no
es que estaba completamente podrida, y aunque no lo
estuviese, todas las vitaminas de la carne fresca se habían
destruido debido al método de conservación.
Después de la carne, el componente principal de la ración
era el pan, normalmente en forma de galletas de barco. Los «biscuits»
(la palabra procede de bis y cutre, términos franceses que
significan «cocer dos veces») por regla general no se hacían
a bordo, sino en el puerto, y en ocasiones estaban hechas
desde hacía un año, o incluso más. Si las galletas procedían
de la intendencia del gobierno, podía darse el caso de que
estuviesen hechas hasta cincuenta años antes.
La preparación de las galletas de barco era un proceso
sofisticado que exigía varias categorías de trabajadores
especializados, que se conocían como quemadores, maestros,
conductores, enrolladores y ayudantes.
Una vez medidas las cantidades justas de harina y agua, y
echadas en la artesa, llegaba el conductor, que con sus
fornidos brazos golpeaba, aporreaba, levantaba y volteaba la
mezcla hasta que tomaba la consistencia de una masa... Luego
venía el enrollador, que después de colocar la masa encima
de una plataforma, se subía en uno de los extremos de un
rodillo, llamado palo de corte. El enrollador, cabalgando
sobre este rodillo, lo hacía saltar de una forma un poco
ridícula, dándole a la masa un tratamiento que era una
mezcla de golpearla y enrollaría. El sistema resultaba poco
higiénico, pues en el proceso la masa se sobaba bastante.
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