Es la presión que ejerce la sangre contra la pared de
las arterias. Esta presión es imprescindible para que
circule la sangre por los vasos sanguíneos y aporte el
oxígeno y los nutrientes a todos los órganos del cuerpo
para que puedan funcionar.
Cada célula tiene sus propias necesidades de
alimento y energía, que han de ser satisfechas por
un sistema de abastecimiento común.
Las células precisan de oxígeno y
alimento, proporcionados por la sangre,
que tiene que llegar a cada parte del cuerpo a la
presión adecuada, ya que si es muy baja estos
nutrientes no podrán llegar a su destino, y si es
muy alta se corre el riesgo incluso de dañar a las
células que debe nutrir.
La presión arterial es un índice de
diagnóstico importante, en especial de la función
circulatoria. El corazón puede impulsar hacia las
grandes arterias un volumen de sangre mayor que el
que las pequeñas arteriolas y capilares pueden
absorber. Es por esto que cualquier trastorno que
dilate o contraiga los vasos sanguíneos, afecte su
elasticidad o interfiera con la función de bombeo,
afecta a la presión sanguínea.
En las personas sanas, la presión arterial normal
se suele mantener dentro de un margen determinado,
que se calcula en base a dos valores: el punto
máximo en que el corazón se contrae para vaciar su
sangre en la circulación (sístole), y el
punto mínimo en que el corazón se relaja para
llenarse con la sangre que regresa de la circulación
(diástole).
La presión se mide en milímetros de mercurio,
con la ayuda de un instrumento denominado
esfigmomanómetro.