Son tres estructuras que si bien no se contactan directamente con la comida,
facilitan su descomposición. Creadores de sustancias químicas y órganos de
almacenamiento y excreción, son estas glándulas anexas que regulan parte
importante del equilibrio químico corporal.
El hígado
Es el órgano más grande del cuerpo, llegando en una persona
adulta a pesar 1,5 kilogramos.
Se ubica en la parte superior derecha de la cavidad abdominal
y es considerado una de las vísceras más importantes y poderosas
del cuerpo. De esta manera, cualquier deterioro o merma de sus
funciones no solo afecta al sistema digestivo, sino que provoca
un desequilibrio a nivel general.
El hígado está cubierto por una capa de tejido conectivo,
denominada cápsula de Glisson, y posee dos lóbulos (izquierdo y
derecho) de diferente tamaño. Cada lóbulo está constituido por
miles de lobulillos, que poseen una forma hexagonal y que están
ampliamente irrigados. En el centro de cada uno se sitúa la vena
central, la que desemboca en la vena hepática. Además, cuenta
con ramas de la arteria hepática y ramas de la vena porta.
Este órgano posee numerosas tareas químicas, por lo que es
considerado un verdadero laboratorio. Regula el azúcar en
la sangre, descompone grasas, proteínas y hormonas, almacena
vitaminas y minerales y elimina sustancias tóxicas que ingresan
al organismo (como alcohol, medicamentos, etc.). Incluso, posee
la capacidad de retirar algunas bacterias y los restos sin vida
de las células sanguíneas.
También es el encargado de producir un vital fluido
digestivo, la bilis, que facilita la digestión de las grasas.
Este líquido es conducido desde su fábrica (los hepatocitos o
células hepáticas) hacia el exterior del hígado, a través de los
finos canalículos biliares, que unidos forman los conductos
biliares derecho e izquierdo.
La vesícula biliar
Catalogada como una estructura de almacenamiento, la vesícula
biliar es un pequeño saco hueco con forma de pera, de unos ocho
centímetros de largo y tres de ancho.
Está ubicada en la parte derecha del abdomen, debajo del
hígado y la forman, desde adentro hacia afuera, capas de tejido
fibroso, músculos (que se contraen para expulsar la bilis) y una
membrana mucosa de revestimiento.
En ella se alberga de manera temporal y continua la bilis y
por esta razón se encuentra conectada directamente con el
hígado, a través de los conductos biliares.
La vesícula biliar posee, además, importantes conductos, por
los cuales vierte su contenido hacia la primera porción del
intestino delgado. Entre ellos está el conducto cístico, que
sale desde la vesícula biliar y se conecta al dudodeno por el
colédoco. Este último es un tubo de, aproximadamente, 10
milímetros, que posee una válvula que abre y cierra el paso del
contenido biliar, llamado esfínter de Oddi.
El páncreas
Detrás del estómago encontramos una glándula de forma
alargada y plana, que encaja de manera precisa en la vuelta que
da el duodeno: el páncreas.
El páncreas no solo destaca por sus funciones digestivas (sus
fluidos descomponen los alimentos), sino también hormonales
(secreta directamente a la sangre la hormona insulina, que
regula la cantidad de glucosa en la sangre).
El páncreas tiene una longitud cercana a los 15 centímetros y
es una verdadera cápsula que alberga en su interior numerosos
lobulillos, los que producen y secretan enzimas digestivas. Es
importante destacar que entre cada uno de ellos se ubican los
islotes de Langerhans, verdaderas fábricas de insulina.
Los jugos generados en el páncreas se dirigen por los
conductos menores hacia el conducto pancreático principal y
accesorio.
Desde allí, a través de un ensanchamiento del duodeno,
denominado ampolla de Vater, se abocan a cumplir con su tarea
digestiva.