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Se pueden hacer algunas distinciones respecto a la
función que ejercen los músculos que nos permiten realizar
movimientos voluntarios.
En primer lugar, están los músculos denominados
motores principales, que son los iniciadores de la
fuerza y se dividen en: agonistas, cuya contracción
se convierte en movimiento al doblar o flexionar un hueso, y
los antagonistas, que ejercen la acción opuesta, es
decir, permiten la extensión de un miembro.
La complementariedad de agonistas y antagonistas permite
un esfuerzo muscular suave y eficiente, ya que cuando un
motor principal se contrae, la tensión en su antagonista se
reduce y estabiliza el movimiento.
También están los llamados motores auxiliares, que
son los músculos que ayudan al motor principal a ejecutar un
movimiento específico. Esto se debe a que normalmente son
varios los músculos que deben intervenir al mismo tiempo
para que nos podamos mover o mantener una posición
determinada. Las expresiones faciales son un excelente
ejemplo de esta complejidad, ya que cualquier gesto
involucra a una serie de músculos, debido a su cercanía a la
piel.
Otro tipo de músculos son los estabilizadores o
fijadores, cuya función es sostener un hueso u otra
parte del cuerpo, proporcionando la firmeza sobre la que los
músculos activos pueden actuar. Por ejemplo, en el
levantamiento de pesas, los músculos abdominales se contraen
para prevenir que se hundan las caderas y el tronco,
permitiendo que la inercia se transfiera desde el cuerpo al
peso.
El combustible de
nuestros músculos
Los músculos trabajan gracias a la energía proveniente de
los hidratos de carbono que ingerimos al comer. Estos son
almacenados en el hígado y en los mismos músculos, durante
los períodos de baja actividad, en forma de un compuesto
denominado glucógeno.
Cuando se han agotado las reservas de los músculos, se
empieza a ocupar las del hígado.
Al iniciarse un esfuerzo, la circulación sanguínea
transporta glucógeno y oxígeno a los músculos que van a
entrar en funcionamiento. De la combustión de ambos, surge
el anhídrido carbónico, gas que es transportado por las
venas hacia los pulmones, donde es expulsado a través de la
respiración.
En la medida que aumenta la actividad muscular, se
incrementa el requerimiento energético, por lo que el
corazón -que regula la circulación- y los pulmones -que
proporcionan oxígeno y eliminan el anhídrido carbónico-
tienen que trabajar más intensamente. Los latidos del
corazón se tornan más rápidos, incrementando el riego
sanguíneo. Aumenta la oxigenación.
Si la actividad continúa, el oxígeno resulta insuficiente
para quemar la glucosa requerida, por lo que sentimos que
nos falta aire y respiramos aceleradamente.
Si falta glucosa se produce fatiga muscular. El
músculo pierde eficacia, puede dejar de reaccionar y acumula
sustancias residuales. Para que se revierta este estado, el
músculo debe descansar, permitiendo que la sangre
restablezca el equilibrio normal de oxígeno y glucosa, y
elimine los residuos tóxicos. Mientras eso no suceda,
cualquier movimiento ocasionará un calambre.
Los calambres se originan debido a la producción de ácido
láctico, una sustancia incolora resultante de la combustión
de la lactosa (azúcar de leche) sin oxígeno.
Imágenes
Movimiento de los
Músculos
Músculos del Pie
Fuente
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