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La Fuente de la Eterna Juventud
Yehuda Halevi habiendo encontrado, en su búsqueda afanosa,
La Fuente de la Eterna Juventud, la imaginó lejos. Le
dijeron que se encontraba en el valle del Ambros, en la
lejana lberia.
Se puso, pues, en camino con su compañeros, montando un
enorme toro embridado con una gruesa serpiente. Llegaron a
Hervas y fueron conducidos al monte Pinajarro hasta la
entrada de una cueva.
Provistos de antorchas emprendieron la exploración. Los
amigos de Yehuda Halevi se sintieron atraídos por el fulgor
de las paredes.
Al darse cuenta de que eran piedras preciosas se detuvieron
para cogerlas y se llenaron las talegas y así se perdieron.
Su única salvación era guiarse por la luz que provenía del
exterior de la cueva. Se dan la vuelta, retroceden, salen y
comprueban que no han encontrado La Fuente. Yehuda Halevi,
en cambio, continuó avanzando solo y acabó saliendo de la
gruta por el lado bueno.
En medio de una pradera había una fuente que vertía agua en
una alberca. El ruido del agua al caer era encantador y ésta
era de una maravillosa transparencia.
Yehuda Halevi encontró un cántaro en la orilla del estanque
y lo llenó de agua hasta los bordes.
En el momento en que iba a llevárselo a la boca, apareció un
anciano y le agarró el brazo, diciéndole:
- ¡No bebas, Yehuda, no bebas!
- ¿Por qué? ¿No es esta el agua de nunca morir?
- En verdad vuelve a uno inmortal, pero no debes beberla.
- Pero, ¿por qué?
- Yo la bebí, poeta, hace siglos. Y no he muerto, aun.
- ¿Y bien?
Entonces, es verdad que quien la bebe tiene la vida eterna.
-Si, es cierto. Pero yo querría no haberla bebido.
-Y eso,¿ por qué?
- Porque he visto morir a tantos de los que iba queriendo y
me querían : padres, hermanos, mujeres, hijos; me pesan
mucho sus muertes, las llevo conmigo siempre.
¿Para qué quiero, pues, tanta eternidad si ya nadie me
reconoce ?
Yehuda Halevi comprendió la tristeza del anciano y tiró el
agua del cántaro, pero allí donde cayo el chorro había una
minúscula semilla, de ella nació un hermoso árbol, longevo y
poderoso, una "encina", que, aun hoy, siglos mas tarde,
permanece en pie cobijando bajo su copa a los nietos y
bisnietos de Yehuda Halevi, que a su sombra escuchan una y
otra vez esta historia de labios del anciano rabí.
Fuente
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