El piropo es una manifestación expresiva,
popular y callejera conocida en toda
Latinoamérica. Para
que exista hacen falta un hombre, una mujer,
y el deseo de que ella se entere de lo que
para él inspira su apariencia y actitud al
pasar. Luego, todo dependerá del piropeador
para hacer que esa frase en voz alta sea
ingeniosa, divertida o por el contrario,
grosera.
Una escena típica: pleno verano porteño en
un barrio no tan céntrico, una linda dama
pasa por delante de una obra en
construcción. A su izquierda cinco obreros
la ven pasar y ninguno de ellos puede
quedarse con su boca cerrada ante ese recreo
laboral. Todos le dicen algo pero entre el
murmullo sólo se distingue una voz que le
grita, desde un lugar más alto, “¿Dónde
venden los números para ganarse este
premio?”. Ella sigue de largo pero no puede
disimular la sonrisa que le provocó esa
última frase.
Es que son otros tiempos, y para muchos el
piropo ya es algo fuera de moda, vulgar y
hasta kitch. Pero en cambio, hay otros que
los siguen profesando, que se sienten bien
al expresar su admiración por quien al menos
por un minuto, roba su atención al cruzar la
calle o subir a un colectivo.
De dónde viene y hacia dónde va
Según cuenta la historia, la palabra es de
origen griego: pyropus, que significa rojo
fuego. Los romanos la tomaron y usaron para
clasificar piedras finas llamadas granates,
de color rojo rubí. El rubí simbolizaba al
corazón, y era la piedra que los galanes le
regalaban a la cortejada. Quienes no tenían
plata para los rubís les regalaban lindas
palabras.
A principios del siglo XVII, se usó con
frecuencia en tratados y poesías como
símbolo de lo brillante y comparándolo con
alabanzas para una mujer bonita. En sentido
literario, era sinónimo de chispazo,
fogonazo de ingenio, la palabra encendida.
Yo te diré
El piropo es callejero, improvisado,
ocasional, una costumbre oral y popular.
Halaga o ataca las diferentes partes del
cuerpo. Sólo cuando forma parte de un
proceso de conquista y enamoramiento es
entonces el primer eslabón de un ritual
amoroso.
El enunciado de estos piropos es el querer
algo de alguien como una condición previa a
la acción entre el yo y el otro que
estructura el enunciado del ser y del hacer:
“ quisiera
que fueses…”, “quisiera ser…”. Los ejes
semánticos giran entre la afirmación y la
negación, entre suposiciones contrarias o
complementarias.
También están los antipiropos, que son esos
que caricaturizan al cuerpo agresivamente.
Es que los seres humanos se mueven entre la
ternura y la agresión; y de la palabra que
halaga a la que maltrata hay un sólo paso.
El antipiropo también llamará la atención
del piropeado –en este caso víctima-, quien
respoderá con un adjetivo más agresivo aún o
por el contrario, no hará acuse de recibo.
Aunque algo distorsinado y perdiendo
espacio, generador de ira o de una sonrisa
incrédula, el piropo es una costumbre de
habla hispana que –para bien o para mal-
siempre quedará en el inconsciente colectivo
y que nunca, pero nunca, pasará
desapercibido.