Donde habitaba el unicornio
A principios
del siglo XX,
en los
albores de
la salud
mental, a
los que nos
dedicamos a
esto nos
asombró la
cantidad de
miedos
diferentes
que podemos
tener los
seres
humanos.
Surgieron
entonces los
libros que
daban nombre
a estos
temores.
El miedo a
las alturas
se denominó
acrofobia. A
los gatos,
ailurofobia.
A los
truenos,
brontofobia.
A los
perros,
cinofobia. A
la suciedad,
misofobia. A
la
oscuridad,
nictofobia.
A los
tiburones,
selacofobia.
A la muerte,
tanatofobia.
Y así hasta
el infinito
Las
fobias son
miedos
irracionales
centrados en
un objeto
específico
que
perturban
tanto a la
persona como
para
producir
potenciales
estragos en
su vida.
Serpientes,
lugares
altos,
ratones,
aviones,
sitios
pequeños o
arañas son
algunos de
los más
habituales
temores.
Pero existen
cientos de
objetos que
han sido
descritos
alguna vez
como centros
de una
fobia.
El agua, las
tijeras o
los payasos,
por ejemplo,
generan más
temores
discapacitantes
de los que
creemos…
Las
fobias se
generan
mediante un
doble
mecanismo.
Por una
parte,
empezamos
por temer
algo porque
lo hemos
asociado a
alguna
experiencia
negativa.
Por otra,
comenzamos a
evitar
aquello que
nos genera
aprensión y
eso hace que
cada vez le
tengamos más
miedo.
Evitar el
objeto del
temor nos
hace
mitificarlo
y aumenta
nuestra
ansiedad
ante cada
encuentro. Y
el resultado
es un ser
humano
plenamente
consciente
de la
irracionalidad
de su temor,
pero al que
le resulta
muy difícil
luchar
contra él.
¿Cómo
surgen estos
miedos no
adaptativos?
Existen
varios
factores que
han sido
relacionados
con la
ansiedad. En
primer
lugar,
existen
predisposiciones
genéticas.
Algunas
personas
tienen más
probabilidades
que otras a
sentir
determinados
miedos o a
padecer un
elevado
nivel de
ansiedad.
Una prueba
de ello son
los estudios
que muestran
que los
gemelos
monocigóticos
desarrollan
fobias
similares,
incluso
cuando han
sido criados
separados.
Por otra
parte, el
miedo se va
aprendiendo.
Cuando
suceden
acontecimientos
negativos de
forma
arbitraria e
incontrolable,
surge la
ansiedad. El
ser humano
soporta sin
desasosiego
acontecimientos
estructurados,
pero se
hiperactiva
ante la
continua
sospecha que
generan los
sucesos no
pautados.
Esto explica
por qué las
personas
ansiosas
están
siempre muy
atentas a
las posibles
señales de
amenaza:
necesitan
predecir lo
que se les
viene
encima. Al
no
conseguirlo,
aumentan su
nivel de
temor y éste
se convierte
en
desadaptativo.
Por último,
el miedo
también se
puede
“copiar”.
Los seres
humanos
aprendemos a
menudo por
observación.
Y observar
los temores
de los demás
nos puede
llevar a
generar los
mismos
miedos en
nosotros. Un
ejemplo
clásico: los
padres
trasmiten
sus temores
a los hijos.
En todo
caso, parece
que los
seres
humanos
adquirimos
nuestros
miedos por
una
combinación
de factores
genéticos y
ambientales.
Y una vez
interiorizados,
esos temores
pasan a ser
parte de
nuestra
salud
mental.
Quizás la
mejor manera
de convivir
con ellos es
conseguir
que nos
ayuden a
preservarnos
de peligros…
sin anular
las
experiencias
de
aprendizaje
que
conseguimos
cuando
viajamos en
dirección de
nuestros
miedos