SAN PABLO.- Les cuesta explicarlo. De hecho, no lo piensan mucho porque temen que no tenga sentido lo que están haciendo. Un impulso los mueve, hay algo más que a simple vista no se llega a percibir. Algunos lo llaman pasión, otros sentimiento, enfermedad, amor a la camiseta. Sólo ellos saben el lugar que ocupa Boca en sus vidas, el vacío que llena, la razón que los lleva a estar donde sea, cuando sea y como sea por los colores azul y amarillo.
En San Pablo, las historias van de un lado a otro. Aunque la ciudad es gigante y desborda de gente, ellos se sienten únicos, privilegiados, pocos entre los pocos que lograron la epopeya de conseguir una entrada. El orgullo de estar en el ranking se les nota en la mirada. Saben que si consiguieron un ticket fue por ir siempre a todos lados. Ellos están en el selecto grupo que integran los más fieles y los acomodados, porque de esos también los hay. Un contacto, una llamada y una entrada para ver la final. Sin embargo, las historias de viajes interminables, sacrificios laborales, peleas familiares, travesías con la plata justa y más las cuentan los primeros, los más locos entre los locos.
Por eso, en homenaje a los que están y los que se quedaron, en canchallena.com elegimos las cinco máximas locuras que hicieron los hinchas de Boca para ver la final en San Pablo.
Un viaje interminable. Rubén camina desorientado por Ezeiza. No encuentra su vuelo, pero no se desespera. Cansado, hace casi un día que no duerme y no le quedan fuerzas para preocuparse. Rubén tiene 50 años, es hincha de Boca y está yendo a San Pablo para ver la final. Una vez que encuentra la puerta a donde tiene que ir, se relaja, continúa con su paso cansino por los pasillos del aeropuerto y cuenta su historia: "Por Boca dejé el laburo, dejé todo. Soy de Córdoba, de Coronel Montes, al sur de Río Cuarto, y estoy viajando desde hace un día. Ayer temprano me tomé un colectivo en mi pueblo, de ahí llegue a Río Cuarto y me tomé otro para Liniers, llegué cerca de las seis de la mañana y me tomé un taxi para Ezeiza. Hace casi un día que estoy viajando y todavía falta el vuelo para Brasil, pero Boca vale este esfuerzo y más."
Una semana guardado. La semana pasada Luis durmió muy poco, casi nada. Con 24 años, en los últimos siete días no tuvo tiempo para salir con sus amigos, no tuvo tiempo para estudiar, no tuvo tiempo. La idea la venía pensando hace rato y apenas Boca se clasificó a la final lo buscó a su jefe y le planteó la necesidad de estar sí o sí en San Pablo. El arreglo le costó trabajar más de doce horas por día durante una semana en el local de computadoras en el que está hace tres años. "Trabajaba, comía, dormía, trabajaba, comía, dormía", cuenta Luis, y mientras habla se le escapa una tímida sonrisa porque sabe que llegó la hora de disfrutar. Ya está en San Pablo.
La entrada, más cara que un pasaje. Alán estaba decidido, quería ver su primera final de la Copa Libertadores con Boca en la cancha. Como no entró por poco al ranking de socios, compró por Mercado Libre una entrada a 1500 pesos. Cuando al día siguiente un amigo que trabaja en Boca la vio y le dijo que era trucha, casi se larga a llorar. Pero un misterioso llamado lo sacó de la tristeza. "Un amigo me llama y me dice que estaban vendiendo entradas verdaderas a 550 dólares. Una locura. Encima nos citaban a las dos de la mañana en un lugar medio turbio, re lejos. Me dio mucha bronca, pero agarré todos los ahorros del año, me fui a la madrugada a juntarme con el vendedor y me dio la entrada, que por suerte es verdadera", cuenta Alán, ya sin plata pero feliz.
Sin la familia, pero con Boca. A Martín le da un poco de vergüenza contar su historia. No está orgulloso de lo que hace, pero le sale de adentro, no lo puede explicar. Dice que su mujer no lo entiende, que nunca lo entiende, que Boca es tema de pelea pero igual sigue viajando. Lo que más le duele, admite, es haber dejado a su hija. "Eso es lo que más extraño, a mi hija. Mirá que Boca es todo para mí eh, pero estar lejos de la nena me hace mal", dice. Otro tema es su trabajo: nunca avisó que viajaba a San Pablo y los compañeros lo llaman todo el tiempo, pero no los atiende, prefiere contar su historia a la vuelta porque por teléfono no lo van a entender. Mientras disfruta de las horas previas a la final, Martín prepara la excusa que dará en el trabajo, aunque sabe que hay una cosa de la que no se podrá salvar: del reto de su mujer.
Un regalo antes de ser papá. Diego está con una cabeza en San Pablo y la otra Buenos Aires. Hizo mil cosas para conseguir una entrada, y cuando lo logró, le quedó un sabor agridulce. Con su mujer embarazada de casi ocho meses, sabe que es muy difícil que el bebé nazca justo cuando él está en Brasil, pero si pasa. "Te juro que si pasa yo no me lo voy a perdonar, y mi mujer, menos. Pero bueno, seguí a Boca a todos lados y este es el final, el último partido, no me lo podía perder. Igual, sé que mi hijo es xeneize y me va a esperar para nacer."


